El poder de una jaculatoria

San juan Bosco recomendaba: “por cuanto sé y puedo, que todos le recéis a María Santísima en esta novena. Esta Madre compasiva concede fácilmente las gracias que necesitamos, sobre todo las espirituales. En el Cielo es poderosísima, y cualquier gracia que pida a su divino Hijo le es concedida al instante.

La Iglesia nos da a conocer el poder y la benignidad de María en ese himno que dice “si coeli quaeris ianuas, Mariae nomen invoca”, si buscas las puertas del Cielo, invoca el nombre de María. Si para entrar en el Paraíso basta invocar el nombre de María, también hay que decir que Ella es poderosa. Su nombre es representado como Puerta del Cielo, y todos los que quieren entrar en él deben encomendarse a María.

Invocad siempre a María Auxiliadora

Recurramos a Ella, especialmente para que nos ayude en la hora de la muerte. De hecho, la Iglesia dice que María por sí sola es terrible como un ejército en orden de batalla, que lucha contra los enemigos de nuestra alma. Aunque en el sentido literal de la Sagrada Escritura estas palabras se refieren a los enemigos de la Iglesia, sin embargo, el espíritu de la Iglesia misma las aplica también a nuestros enemigos particulares en los asuntos del alma. El mero nombre de María pone en precipitada fuga a los demonios. Por eso es llamada Auxilium Christianorum, Auxilio de los Cristianos, ya sea contra los enemigos externos o contra los internos.

Debemos encomendarnos a Ella, principalmente nosotros, que celebramos su fiesta de modo particular como nuestra, aunque sea una fiesta de la Iglesia universal. Por este motivo os recomiendo cuanto sé y puedo, y deseo que mi consejo quede grabado en vuestra mente y en vuestro corazón, que invoquéis siempre el nombre de María, sobre todo con la jaculatoria: Maria Auxilium Christianorum, ora pro nobis (María, auxilio de los cristianos, ruega por nosotros). Es una oración breve, pero que ha demostrado ser muy eficaz. Se la he aconsejado a muchos; y todos, o casi todos, me dijeron que habían obtenido resultados estupendos. También otros, que adquirieron el hábito de rezarla por su cuenta sin consejo de nadie, me aseguraron lo mismo.

Todos tenemos miserias, todos necesitamos ayuda. Por lo tanto, cuando queráis obtener una gracia espiritual, adoptad la costumbre de rezar esta jaculatoria. Por “gracia espiritual” podemos entender el verse libres de las tentaciones, de las aflicciones de espíritu, de la falta de fervor, de la vergüenza en la confesión, que hace demasiado pesada la acusación de los pecados. Si alguno de vosotros desea que cese una obstinada tentación, vencer una pasión, evitar muchos peligros de esta vida, o conquistar alguna virtud, no tiene más que invocar a María Auxiliadora. Estas y otras gracias espirituales son las que se obtienen en mayor cantidad, y las que hacen mayor bien a las almas.

La oración debe ser hecha con perseverancia y fe

No viene al caso que os cite aquí los muchísimos nombres de los que, invocándola con esta jaculatoria, obtuvieron gracias especiales. ¡A cuántos no habré aconsejado la jaculatoria: María Auxilium Christianorum, ora pro nobis! A cientos, a miles, tanto de casa [el Oratorio] como de fuera de ella; y les recomendé que si no eran escuchados rezando esta jaculatoria vinieran a decírmelo. Y hasta ahora no ha venido ninguno a decirme que no obtuvo la gracia. Digo mal; he de corregir mi error: ha habido uno, hoy mismo, que vino a mí a quejarse de que no había sido escuchado.

Pero ¿sabéis por qué? Habiéndolo interrogado me confesó que sí tuvo la intención de invocar a María, aunque después no lo hizo. En este caso no es la Virgen María la que falla, sino nosotros al no rezarle; no es María la que no nos escucha, somos nosotros los que no queremos que nos escuche. La oración debe ser hecha con insistencia, con perseverancia, con fe, con verdadero deseo de ser escuchados.

Una carta a San Bernardo…

Quisiera que todos hicierais esta prueba y que también animarais a vuestros parientes y amigos a que la hagan. En la próxima fiesta de María Auxiliadora, cuando vengan a visitaros, o si no van a venir, escribiéndoles una carta o enviándoles un recado, decidles de mi parte: “Don Bosco os asegura que si queréis obtener alguna gracia espiritual le recéis a la Virgen esta jaculatoria: Maria Auxilium Christianorum, ora pro nobis, y seréis escuchados. Se entiende que ha de rezarse con las condiciones que debe tener toda oración. Si no sois escuchados, hacedle un favor a Don Bosco escribiéndole”.

Si me entero de que alguno de vosotros ha rezado bien, pero en vano, enseguida le escribiré una carta a San Bernardo para comunicarle que se equivocó cuando dijo: “Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado…”. Pero podéis estar seguros de que no se me ocurrirá escribirle una carta a San Bernardo. Y si se me ocurriera, entonces el Santo Doctor sabría hallar inmediatamente algún defecto en la oración del suplicante.

Veo que reís por lo de enviar una carta a San Bernardo. ¿Es que no sabemos dónde se encuentra San Bernardo? ¿Acaso no está en el Cielo?

No hay duda de que para llegar hasta la morada de San Bernardo nos haría falta una oficina postal ambulante que marchara a toda prisa y quién sabe por cuánto tiempo. Tampoco sería suficiente el telégrafo, pues, aunque la corriente eléctrica recorre en un instante una grandísima distancia, en este caso careceríamos de los hilos. Sin embargo, para escribir a los santos disponemos de un medio más veloz que los coches, el tren o el telégrafo; y no temáis que no reciban nuestras cartas, aun cuando el cartero llegara con retraso.

De hecho, ahora mismo, mientras os estoy hablando, con mi pensamiento —más veloz que el rayo— me elevo hacia el espacio celestial, subo arriba, arriba, por encima de las estrellas, recorro distancias inconmensurables y llego ante el sitial de San Bernardo, que es uno de los santos más grandes del Paraíso. Haced, pues, la prueba que os he propuesto y si no sois escuchados… no tendremos dificultad en enviarle una carta a San Bernardo.

El demonio ya no tendrá ningún poder sobre vosotros

Bromas aparte, os insisto que grabéis en vuestro corazón estas palabras: Maria Auxilium Christianorum, ora pro me; que las recéis siempre en todo peligro, en toda tentación, en toda necesidad; y que le pidáis también a María Auxiliadora la gracia de poder invocarla. Y os prometo que el demonio irá a la bancarrota.

¿Sabéis qué quiere decir que el demonio irá a la bancarrota? Quiere decir que ya no tendrá ningún poder sobre vosotros, ya no logrará llevaros a cometer ningún pecado, y tendrá que batirse en retirada. Mientras tanto, en el Santo Sacrificio de la Misa y en los demás ejercicios de piedad, os encomendaré a todos al Señor para que os ayude, os bendiga, os proteja y os conceda sus gracias por intercesión de María Santísima.


(Transcrito, con pequeñas adaptaciones, de:
CERIA, SDB, Eugenio. “Memorie biografiche del Beato Giovanni Bosco”. Torino: Società Editrice Internazionale, 1932, v. XIII, pp. 409-411.)